Le temo a la muerte, más sólo pienso en morir. Pienso que estoy ganando una guerra que inventé, porque nunca he podido salir del pequeño cuerpo que me aprisiona. El suicidio suena glorioso si significa dejar de sufrir.
Me aterra la idea de morir, me aterra la idea de pensar en dejar de exitir. Y así, quiero saber si es verdad que hay un más allá, donde eres libre en cuerpo y alma, y quiero vivirlo, pero el cuerpo terrenal ofrece extraños placeres, algo tan simple como el sabor de las frutas hacen la diferencia entre el bien y el mal que existe en mi cabeza.
Mi carne desea, es rechoncha y sangrienta, se estimula con caricias y besos en un roce de placer que sólo se compara a un nirvana cuando lo hacemos bien.
Busco dentro de esa carne algo que soy yo misma, y no comprendo cómo explicarle, que podemos vivir en armonía, no es necesario el salvajismo que han inventado los homínidos.

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